
En
pleno periodo especial, cuando la gente no tenía para comer (literalmente), el
mundo supuso la desaparición del sistema comunista y la caída de los hermanos
Castro, Fidel para ser honestos; pero un solo detalle que paso desapercibido a
los grande genios que tan bien dirigen nuestros destinos, hizo que hasta el día
de hoy todo siga en pie y los cambios comiencen a verse, tocarse y saborearse;
la gente fue ese detalle menor.
Ahí
comenzó la contrarrevolución gastronómica. Los ciudadanos (como les gusta
nombrar o denominar a la gente en este país gobernado y manejado por los
militares), de modo ilegal, comenzaron a abrir paladares (restaurantes) en sus casas. El desafío no solo era estar
a la altura de los comensales, también era el conseguir qué cocinar. Así se
articulo, perfecciono y esgrimió un mercado negro tan ágil y eficiente (todo lo
contrario a lo que el estado representa para los Cubanos), que el gobierno
termino cediendo y legalizando a estos lugares gastronómicos. Claro, mejor
lucrar con ellos que perseguirlos sin ver regalías impositivas. Eso se llama
capitalismo culinario.
Hay veces en que los sistemas logran entender que son los seres humanos los que marcan el camino y no al revés. Esto es valido para todos los “modelos”, incluso en el primer mundo, no lo tomen como una simplista critica a Cuba.
Con el
tiempo, los paladares se han ido profesionalizando
al punto de que se pueden encontrar lugares de muy buen nivel.
En
medio de la más absoluta oscuridad (el alumbrado público hace juego con los
cráteres de las calles) llegamos a J
entre Línea y 15. En una casa reciclada, que deja ver el buen gusto y lo
importante que fue la clase media Habanera, encontramos este paladar que nos
recibe con un señor de seguridad (cuida coches en mi barrio) que nos acompaña
con una linterna hasta la puerta para evitar caer en uno de los pozos de la
vereda, de un tamaño más razonable que los de la calle, pero peligrosos de
igual modo. Una vez cruzado el portal se entra en otro mundo, ni mejor ni peor,
distinto. Repartido en diferentes salones de variadas decoraciones y
ambientaciones, se distribuye este afrancesado lugar donde la buena atención y
gastronomía aporta un poco más de encanto a ésta capital caribeña.
El
Pinot Noir de Marlborough, Nueva Zelanda, The
Ned fue el elegido. A la distancia parecía una buena idea; hacia un calor
terrible y como quería comer pescado, un vino ágil y fresco me resultó
apropiado, pero no. Sin cuerpo alguno,
cereza y casi alimonado en boca lejos estuvo de gustarme. Al menos, por
temperatura, fresco era.
La comida fue un tema distinto.
Para
comer bien, según MI paladar, EL
plato es, fue y espero que siga siendo, el
pescado (varia según la pesca del día)
con salsa azul y camarones que llega acompañado de un ratatouille que no desentona con este manjar.
El vino
había desaparecido por completo, porque como yo no discrimino me tomo hasta lo
que no me gusta, y llegó el momento del café. Punto aparte en este tema. Cuba
es un productor de café con excelencias mundiales, pero que comparte con
Colombia el carma de país productor donde es difícil tomar buen café. Tendrán
que aprender de Brasil, un buen paso seria importar sommeliers del brebaje.
Digo nomás.
Como no
me quería ir con ese sabor amargo al hotel (después decodificare si fue por el
vino o el café), me vi obligado a ir por un postre y el elegido fue un
excelente Cheesecake, que llego por descarte ya que no había nada con
chocolate en la carta, pero que supero con creces las expectativas.
Ese es
el caso de Le Chansonnier, un
restaurante que también se encuentra en la capital Francesa, pero en la Habana
recibe a sus clientes en el barrio del Vedado; para mí, el más lindo de esta
mágica ciudad.
La
carta de vinos no da mucho margen para elegir, ya que todos dependen de la
importación que a ese momento se haya logrado en un país que ya lleva 60 años
de un embargo tan inhumano como poco efectivo, una reliquia de la guerra fría
que aun hoy existe. Algunas etiquetas francesas y chilenas, un par de españolas
y una de Nueva Zelanda fueron las que me recibieron.
El
punto alto de la noche fue tratar de explicar al mozo que no hacía falta servir
toda la botella después de ser descorchada (tapa a rosca en este caso, mis
perjuicios a flor de piel le bajaron 5 puntos antes de probarlo). Fue en vano,
casi tuve que chupar el borde de la copa para que no se desbordara; ni para
brindar le dejó maniobrabilidad.
La comida fue un tema distinto.
De
entrada probé un queso Brie asado con
cebolla caramelizada que estaba realmente muy bien, una combinación de
sabores muy provocativo que cumple su objetivo, deleitar al cliente.
Para
comer liviano pero sabroso, creo que el plato sería el pescado del día a las aguas locas, que esta noche era un Cherna
salteado con tomate y cebolla acompañado de un arroz blanco.
El
pescado cocido en su punto justo, con una salsa que no escatima el queso azul y viene con
sobreabundancia de camarones. Recomendable 100%. Un detalle, la salsa acompaña
al pescado, no lo lleva flotando.
A pesar
de los contratiempos, Le Chansonnier es
una opción maravillosa para conocer la nueva gastronomía Cubana; defectos van a
encontrar miles, pero virtudes y perspectivas infinitas también.
Eso si,
recuerden que las tarjetas de crédito no existen en la isla de las fantasías y
que para salir se necesitan billetes; en este caso, bastantes.
Dios Toma Malbec
Juan mayou (@juanmayou)
Juan mayou (@juanmayou)
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